Ultimo día en el Pacífico

Mientras esperamos el Hyundai Country Deluxe que nos va llevar al aeropuerto Mataveri, estoy sentado en el incómodo lobby del hotel, hablando por Whatsapp con Connie, la dueña alemana de la agencia de viajes. La gran pregunta es si hoy vamos a poder salir de la isla. Aparentemente, después de dos días, los vuelos a Santiago se han normalizado y nuestro avión despegará después del mediodía.

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Rano Kau

Me faltan algunos pasajeros, porque un grupito de cinco se levantó a las 5 de la mañana para ir en taxi a Tongariki a ver la salida del sol. Estoy preguntándole a Connie si es posible pasar por la casa del correo antes de ir al aeropuerto, porque algunos turistas todavía quieren enviar postales con el sello de la Isla de Pascua. “No tenemos tiempo”, me dice Connie, “además, necesito la van para otro servicio”. Coincido con ella en que la prioridad de hoy no es mandar postales o comprar souvenirs, sino poder salir de la isla mientras se pueda.

All we hear is Radio RaPa

La contingencia en Chile ha condicionado nuestra visita a la isla, que fue de relámpago. Para mí volar seis horas hasta acá por lo menos amerita una estadía de una semana o más. Además de visitar el parque nacional y los moais, hay muchas cosas para hacer en la isla, como cabalgatas o buceo, y conocer un poco más acerca de la cultura de los Rapa Nui de hoy.

Por una revista local me enteré de que este mes se ha estrenado la primera radio local en idioma Rapa Nui. Según la nota, hay un 30 % de lugareños que hablan el idioma, pero son aún más en un ámbito familiar. Es tendencia en todo el mundo que las minorías y etnias revalorizan sus raíces y eso también está ocurriendo aquí, junto con un movimiento civil de distanciamiento del centralismo chileno. Me parece muy buena la iniciativa de la radio, y obviamente sería interesante aprender el idioma local, que tiene orígenes polinesios, pero para eso uno tendría que instalarse por meses, al estilo de Thor Heyerdahl, con alguna beca de alguna universidad benevolente o en calidad del nuevo curro que es ser “artista en residencia”.

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Mini-moais de madera

Ayer vimos otros flashazos de la historia de esta isla fascinante cuando Terangi nos llevó al sudoeste para visitar un volcán extinto (Rano Kau) dentro del cual ahora hay una especie de pantano. Se observa el volcán desde arriba, no nos podemos acercar mucho más. “Cuando éramos chicos, mis hermanos y yo jugábamos acá e incluso nos metíamos en el agua”, nos cuenta Terangi en el mirador. “Si ves abajo, en la ladera del volcán, esos árboles frutales… mi propio padre, que era agricultor, los plantó. Pero ahora no se puede bajar más, para no hacer daño al ecosistema”, dice nuestro guía. Claro, desde la llegada del turismo masivo, las cosas han cambiado mucho en esta isla, que desde ya sufrió demasiado por la degradación de los recursos.

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Isla de los pájaros

Al otro lado del volcán hay un acantilado con una vista espectacular sobre el mar y algunas islas rocosas, que fueron testimonio del último capítulo de la rica historia de esta tierra, cuando la cultura Rapa Nui ya había entrado en decadencia, ya no quedaban árboles y se había disminuido dramáticamente la población. Fue entonces que inventaron una ceremonia llamada “el hombre pájaro”, en la que unos jóvenes en buen estado físico cruzaban la distancia entre la costa y la isla (de los pájaros) nadando o flotando sobre un tronco, para luego quedarse ahí en ayunas y escalar la roca para tratar de traerse el primer huevo que las aves migratorias dejaran ahí.

El huevo de Pascua

Después, el ganador tenía que traer el huevo de regreso a la costa y con mucha pompa ceremoniosa quedaba coronado como rey. Nuestro guía nos explicó que claramente esa tarea no estaba exenta de peligro, ya que los participantes al evento se podían ahogar en el océano o caer desde la roca escarpada, lo que ocurría a menudo. Lo que más me fascinó es cómo esos atletas antiguos volvían con un huevo sin romperlo. Hay unos dibujos que demuestran que los participantes los metían en una especie de canastito, un nido con ramitas, sujetado a la frente con una vincha.

Al escuchar la historia pensé instintivamente que la ceremonia del hombre pájaro sería un excelente tema para un libro, pero Terangi me saca de la ilusión de la primicia: “Se escribieron muchos libros sobre esto, incluso libros infantiles, y hay una película de Kevin Costner, Rapa Nui.” Me imagino la película así: hombres con cuerpos tallados y bronceados dignos de Men’s Health, el heredero del clan, el falso heredero del clan, una historia de amor, celos, un hombre que arroja al otro del acantilado, pero este sobrevive y llega hasta arriba golpeado, ensangrentado, al mejor estilo Rocky Balboa. Además me imagino un film con gritos y plumas, muchas plumas.

No me queda claro por qué relacionan la ceremonia del hombre pájaro con la decadencia de la Isla de Pascua. Quizás haya sido por los tiempos tardíos de la cultura –siglo XVII o XVIII– o por el hecho de que coronaran como rey a un ídolo deportivo. No al más sabio, el más inteligente, el más viejo o el heredero de una gran dinastía, sino al más veloz, el más atrevido, el más fuerte, el mejor nadador. Un Arnold Schwarzenegger pascuense.

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El hecho de idolatrar las hazañas de deportistas y elevar un espectáculo de entrenamiento a un nivel de liturgia religiosa contemporánea nos remite a los tiempos del Circo en épocas de decadencia del Imperio Romano, y penosamente también a nuestra época postmoderna, en la que veneramos a unas figuras tatuadas expertas en patear una pelota al arco, pero que por lo general no saben hilar dos frases seguidas, o después de cinco años en Inglaterra, concluyen categóricamente: “It´s bery dificul!”.

Sorpresa en Mataveri

Por suerte, alrededor de las 9 a. m., mis turistas mañaneros volvieron de la salida del sol en Tongariki . Aparentemente, toda la movida de levantarse temprano y pedir un taxi fue en vano, porque como dice un turista holandés con una gran sonrisa socarrona: “No éramos los únicos, parecía un festival. Y no vimos un carajo… porque el sol se escondía. Estaba nublado”. Aunque el guía pone una cara comprensiva como diciendo “¡qué lástima!”, en mí hay otra parte, bien escondida, que se alegra de que la expedición a la salida del sol resultara un fiasco, porque justo se fueron los clientes más individualistas, incluyendo una pasajera que constantemente se queja de que todo está muy caro y no quiere dejar propinas a los guías, pero a su vez no tuvo problemas en pedir un taxi privado que la lleve al otro lado de la isla.

Igual, ventajera como es ella, la señora no puede dejar de preguntarme si “luego del desayuno (“¿todavía hay desayuno para nosotros?”, me pregunta también) podemos pasar con la Hyundai Country Deluxe por la oficina de correos. “Necesito mandar unas postales a Holanda”.

— No, imposible — le digo.

— ¿Pero cómo? Si son apenas las 9:15? El avión se va a las 14 y el aeropuerto está a unas cuadras.

— El tema es que tenemos que estar a tiempo por cualquier eventualidad. Si perdemos este avión de hoy, es muy probable que también perdamos la conexión a Amsterdam… Además, el transportista tiene otro servicio luego del nuestro — le explico y señalo hacia afuera, donde está ya estacionada la Hyandai, con Terangi a su lado, como un soldado. Ella no protesta más, pero se va con la idea de que es un capricho mío.

Un detalle que me llama la atención es que justo cuando estamos cargando las valijas, viene un camión a buscar la basura y se lleva un contenedor lleno de botellas de plástico. Quizás he aquí una excusa para regresar el año que viene como parte de mi cruzada contra los envases descartables.

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Uno de los últimos whatsapps que pude captar con la señal endeble del wifi del hotel fue uno de Luis, que me avisó que iba a estar en el aeropuerto hoy. Es decir que le tocó trabajar, y pienso que si hacemos el check-in rápido, vamos a poder charlar un rato. Pero igual me sorprende: cuando bajamos del minibus, ahí me está esperando Luis. Realmente no vino a trabajar, ¡sino que me vino a despedir! ¡Qué grande, Luis!

El check-in va bastante ligero, hasta que me vienen a avisar que una pasajera debe presentarse en la bodega porque lleva un objeto prohibido en su valija. Por suerte, no es una Glock o una Colt, como anuncian en los carteles de los objetos prohibidos, o una estatua de valor patrimonial, sino un repelente para insectos en aerosol. Una de las primas belgas consiguió que los agentes de migración pongan un sello de fantasía de Isla de Pascua en su pasaporte (la razón principal por lo cual todos insistían en ir a la oficina de correos) y esa noticia corre como fuego entre mis pasajeros, que ahora uno tras otro vuelven a Migraciones para pedir el sello y vuelven extáticos, listos para abordar el avión y dejar Rapa Nui… con solo buenos recuerdos.

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Todos pasan a la sala de embarque y me quedo charlando un rato con Luis. Antes de que me vaya, me dice: “traje un regalo para ti”. Me obsequia algunos imanes de heladera con un moai, un souvenir clásico y algo kitsch, si uno lo comprara, pero el hecho de que Luis se viniera a despedir acá le da otro valor, claro. Y no terminó: Luis ahora saca una bolsita con un collar con diminutas conchas de mar y otro colgante con un pequeño moai tallado en madera y me lo cuelga. Nos abrazamos y nos despedimos. Estoy conmovido, feliz. Casi diría que con esta gran despedida me siento como Elvis.

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Reporter. Writer. South America. Biking. Rowing. Twitter @argentomas. Recently published “Computer Crashes” on Air disasters.

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