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Nace un nuevo barrio palermitano

Aterrizar en un barrio nuevo siempre hace que uno se sienta renacer y envejecer a la vez. La mudanza y todo lo que implica transformar un departamento vacío de los años 80 en un lugar acogedor es todo un trabajo mental y de logística que hace pensar que estaría bueno tener mucha plata para contratar a una diseñadora de interiores que se ocupe de todo. Dicho sea aparte, tener mucha plata es una idea buena en general.

It’s not EASY

En cambio, me encuentro con un carro incómodo cuyas ruedas giran en la dirección opuesta recorriendo los largos pasillos de EASY, donde se vende de todo, pero donde no encuentro absolutamente nada, y si lo encuentro en la foto, está agotado. Lámparas, una cortina de baño, un estante para la cocina, un tacho, … un montón de boludeces que me hacen pensar que se me está yendo la vida buscando todo estos artefactos, mientras persigo a los vendedores rojos del EASY que se esconden detrás de una góndola, evitando a toda costa el contacto visual.

Me vienen canciones a la mente tipo “Lost in the Supermarket” (The Clash) o “Laundromat Monday” (Joe Jackson). Desde mi época de estudiante, ¿cuántos departamentos habré ocupado? ¿Amueblado? Mejor ni pensarlo y seguir adelante. Es cierto que en la vida adulta no se puede escapar de cosas que a uno no le gusta hacer, como ser pagar impuestos o asistir reuniones de consorcio.

Dije envejecer pero también renacer. Mudarse a un barrio nuevo me da esa infusión de adrenalina y curiosidad por ir conociendo todos los lugares, negocios y rincones del barrio. El canillita, la que vende flores, la panadería donde venden chipás, la tienda de pasta fresca, un cafecito de esquina donde se juntan los galanes de Roberto Fontanarossa a ver a las chicas pasar. Y vaya que pasan chicas acá… En frente de mi departamento están reciclando un viejo edificio que era una imprenta y construyendo departamentos de lujo y una heladería. De hecho, el nombre del barrio se llama La Imprenta por ese edificio, eso me contó un amigo que hace unos diez años tenía una novia judía por acá y venía de vez en cuando a la Imprenta. Según otros, este barrio se llama Las Cañitas, cuyo nombre vendría de algún cañaveral cuando el río aún llegaba hasta lo que hoy es Libertador.

Buscando límites

¿O esto simplemente es una parte de Belgrano? Es posible, la confusión y la falta de consensos es un bien bien argento. “Cada persona es un mundo”, rezaba una publicidad de una empresa telefónica hace un par de años y no sé si eso será la definición de libertad o de caos deliberado. Así, en Buenos Aires ahora existen barrios y comunas, y realmente nadie sabe dónde termina un barrio y empieza otro. ¿Recoleta y Barrio Norte? ¿Balvanera, Congreso y Once? ¿Boedo es parte de Almagro? ¿Dónde están los límites entre Montserrat, Microcentro y San Cristóbal? Nadie sabe y si dicen que sí, mienten. El MALBA por ejemplo: ¿está en Barrio Parque o Palermo Chico?

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Sin pensarlo demasiado

El más elástico de todos los barrios sin duda es Palermo. Desde que en los años 2000 empezaron a inventar nombre nuevos para Palermo Viejo nacieron barrios nuevos como Palermo Queens y Palermo Jerusalima, pruebas de la ingeniosidad porteña y falta de vergüenza de las inmobiliarias. La revista Barcelona alguna vez hizo una nota titulada: “Ahora todos los barrios porteños quieren que a su barrio le pongan el mote de Palermo Algo”. Y resultaba que Villa Devoto se llamaría Palermo Alcatráz y Villa Ortúzar: Palermo Asshole.

El alma del barrio

Más allá de los límites geográficos e históricos, creo que es importante lo que define a los barrios. ¿Qué es lo que define su alma? Todo el mundo sabe que Once es un barrio que durante el día explota de la actividad comercial –textil, más que nada– y que por la noche está muerto. El Abasto, por el contrario, es un barrio que se despierta a la noche con sus restaurantes peruanos, teatros under y bares bohemios.

¿Cómo definir este lugar al que acabo de llegar? Es una mezcla de zona residencial con departamentos y con una zona comercial. Está lleno de boutiques, bares, restaurantes y franquicias, desde la pizzería Continental, un Starbucks, un Megatlon como una burbuja primermundista en Buenos Aires para que los habitantes se sientan un poco como viviesen en Greenwich Village. Sin embargo, esa vocación cheta no es exclusiva de este barrio. Recoleta también tiene eso, la avenida Santa Fe, Palermo Viejo (disculpa: ¡Palermo Soho!) también. Entonces, ¿qué es lo típico, lo más llamativo de acá? Uñas. Sí. ¡Uñas!

Cuando uno camina por las veredas de Soldado de la Independencia, Maure, Migueletes o Arce puede estar seguro que de cada tres negocios uno es alguna estética o peluquería. Ni bien llegué a este barrio me he vuelto loco buscando una panadería –al final encontré la única en los límites del barrio, sobre Luís María Campos, las demás son panaderías boutique– pero no falta el lugar para hacerse cortar el pelo o, más llamativo aún, cortar las uñas. Pizarrones en la calle y marquesinas luminosas tratan de seducir al transeúnte para que entre y haga limar y mimar sus extremidades calcáreas: The Beauty Bar, Miracle Nails, Central Nails, Staff Nails. El más llamativo es Nails & Drinks (Uñas y Tragos); detrás del escaparate se ve una mesa larga donde las clientas apoyan su muñeca mientras que la otra muñeca se estira para recibir el gin-tonic con limón.

Fuck Yoga

Eso de mezclar el cuidado personal con un trago encuadra perfectamente en la moda posmoderna donde el trabajo y el disfrute van de la mano, como las oficinas con mesas de ping-pong y clases de yoga. Un truco de marketing. Evidentemente, eso de hacerse las uñas y clavarse un destornillador mientras tanto tiene algo de decadencia refrescante. Es estar terriblemente al pedo y, además, con estilo.

Vodka Orange con shock de queratina

Me pregunto, obviamente, quienes son los clientes de estos spa? Es gente de este barrio privilegiado o vienen de todos rincones de la capital para hacerse glasear las uñas, me pregunto. Además es impresionante que estos lugares –abren nuevos uñabars cada semana– proliferen en el ápice de la más profunda macrisis. ¿Es esa la prueba de que hay cierto segmento de la sociedad argentina que está más allá de las penurias de los demás argentinos? ¿Serán las esposas de los muy acomodados que se cansaron de hacer pilates, hacer spinning, running y tomar limonada con jengibre y menta?

O quizás justamente es lo contrario: tal vez se trata de mujeres que tienen el agua al cuello, arrastran terribles deudas y en un claro desafío a la depresión, un desprecio a la crisis, como un acto punk, deciden tirar sus últimos pesos para un momento de consentimiento personal. Porque, al final, la crisis no está en los dedos. Está en la cabeza.

Las uñas del medio

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Reporter. Writer. South America. Biking. Rowing. Twitter @argentomas. Recently published “Computer Crashes” on Air disasters.

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