Alguien con quien hablar (Celina Abud)

“Alguien con quien hablar”, el debut literario de Celina Abud, suena a una traducción de una canción pop, “Somebody to talk to” anunciado por radio Aspen. Esa referencia implícita a la cultura de los años ’80 y ’90 está siempre en esta ópera prima de la periodista argentina que se gana el pan en Ámbito Financiero.

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Las tres historias que conforman “Alguien con quien hablar” tratan sobre la búsqueda existencial de unos jóvenes porteños. El eje de la primera historia “¿Hace cuánto que nos vemos?” es Florencia. Nunca aparece en primera persona, pero sí en las historias de vida de Fabio, Lucas, Manuel y Virginia que hablan de Florencia y como ésta pasó por sus vidas y qué recuerdos los dejó. A través de los ojos de los terceros, uno imagina nítidamente cómo es Florencia: apasionada, insegura, atractiva, contradictoria y hasta oportunista.

Este primer cuento, el más largo, de “Alguien con quien hablar” es sin duda el más logrado de los tres cuentos (“Las Agujas” y “Alguien con quien hablar” son los otros dos historias que completan el tríptico) y demuestran el talento literario de Abud que siempre coquetea con la melancolía sin caer en la densidad. Ese hurgar en el pasado -un pasado cuando el presente todavía tenía un futuro- tiene que ver con la búsqueda de los personajes (y desde luego de Florencia también) para encauzar sus vidas, sus relaciones, sus destinos laborales o financieros.

Florencia apareció en algún momento clave de sus vidas y ella dispara algo en ellos. Una catalizadora. El personaje de Manuel por ejemplo, en algún momento se separa de su mujer y su monoambiente en Caballito y termina viviendo feliz como artesano en Tigre, cuando se topa -entre los cestos- con su amiga de infancia con quien solía jugar juegos prohibidos, a los 5 años. Y claro, no puede resistir la tentación de reincidir. Después siempre asoma la separación y Florencia queda como un recuerdo, pero también como un recuerdo de una época que con el tiempo cobra importancia.

El cuento “¿Hace cuanto que nos vemos?” no sólo ostenta una técnica literaria interesante. Parece que Abud en su métier de periodista, fue a entrevistar a cada uno de los personajes para saber más sobre Florencia, a quien no termina de entrevistar. ¿O será que Florencia es la obsesión amorosa de algún protagonista real, que quiere saber todos los detalles de la vida de Florencia?

La historia de Florencia como hilo rojo en las micro-historias es una excusa para pintar una retrato de una generación de gente como Alfredo -un cuarentón canchero, separado, exitoso pero preso de una soledad asfixiante y asumida- no ha podido conjugar todos los retos que plantea la sociedad posmoderna: ser exitoso laboralmente, tener hijos, viajar, satisfacer la curiosidad, cultivar la libertad y el deseo… en un mundo lleno de tentaciones, las elecciones suelen ser crueles. Todo no se puede, al menos si uno opta por la mediocridad. Quizás no por casualidad, “¿Hace cuánto que nos vemos?, cierra con Alfredo quién encuentra en Florencia a alguien con quien hablar, un consuelo mutuo. Para él, eso tiene más valor que el encuentro íntimo fugaz.

Lo suculento del libro de Abud son los comentarios sociales y exabruptos que sueltan los protagonistas e invitan a la carcajada. “… Mi encuentro con Florencia fue bastante antes de que este tipo de locales pseudo neoyorkinos se pusieron de moda, coincidía con la etapa en la que la obviedad estaba en ascenso y el jaja escrito de los chats llegaba para prevenir todo tipo de malentendidos.” “Hoy para mostrar que en un bar hacen pan casero y no venden gaseosas sino limonadas con jengibre le pintan una pared de verde…. También le agregan banderines y estanterías blancas de las que cuelgan plantas sin macetas… ofrecen descuentos si llegás en bici y en lugar de bar se hacen llamar almacén.”

Claramente Abud se refiera los boliches eco-chetos que abundan por Palermo “Hollywood”, Almagro, Abasto, etc. Pero la autora no despotrica contra esa moda vacía y su obviedad insultante. Lo describe con fina ironía como parte de la misma cotidianeidad superficial que vivimos y gran causante de la alienación cual ser sensible.

“Alguien con quien hablar” no sólo describe una generación (La X entrando en sus cuarenta) pero también a una época en Buenos Aires y lo hace con un humor pop que hace pensar a veces en las conversaciones de Pulp Fiction. Así tenemos dos personajes en el segundo cuento “Las Agujas”, Adrián y Martín, que se juntan en un depto para escribir una tesis y terminan hablando sobre porqué y dónde obtuvieron el último tatuaje y sobre la diferencia del valor de los tatuajes en otras épocas, cuando sólo marineros, presos y Lemmy se tatuaban.

“Hoy una mina como Jésica estaría tatuada. La gente ya no sabe qué hacer con su vida. Ponele que te sobre la plata, como a los jugadores de fútbol. Y no tengas demasiadas luces. Entonces lo que hacés es pensar en con qué nueva vedette te vas a encamar y qué otra cosa vas a dibujar en el cuerpo.” Hace pensar en la conversación de los matones Travolta y Samuel Jackson cuanto debaten los masajes de pie. Pero en su versión argento. Falta que Adrián y Martín se pongan a discutir si van a pedir “una muzza o una docena de empanadas”.

Quizás lo mejor de “Alguien con quien hablar” no es tanto la inevitable ironía capussotano con lo cual Celina Abud pinta a los porteños contemporáneos, congelados en una pose insegura, sino la sensibilidad con lo cual este libro está permeado. Una sensibilidad femenina, genuina que raya con la tristeza. Como una canción de The Smiths.

Vale también una mención la excelente portada, una reproducción de una pintura del venezolano Mayro Toro, “Detrás de las caras”. Dos alter-egos enmascarados miran para algún lado diferente y el tercero, en el medio, está perdido.

Alguien con quien hablar, Editorial Crack-Up, Buenos Aires 2017. 280 pesos.

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Reporter. Writer. South America. Biking. Rowing. Twitter @argentomas. Recently published “Computer Crashes” on Air disasters.

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